Un informe de Argentinos por la Educación y CIPPEC revela que los alumnos pierden, en promedio, más de 30 días de clase por ciclo lectivo. El ausentismo estudiantil y docente encabeza las preocupaciones de los directivos.
La crisis del sistema educativo argentino no solo se explica por contenidos, sino por el tiempo real que los chicos pasan dentro de las aulas. Según el estudio «Tiempo escolar: evidencia internacional y diagnóstico para la Argentina», los estudiantes faltan alrededor de un mes por año. Esta cifra, proyectada a lo largo de la primaria, equivale a la pérdida de un año completo de escolaridad, una situación que impacta con mayor fuerza en los sectores más vulnerables de distritos como La Matanza, donde la continuidad pedagógica es clave para el ascenso social.
El informe, elaborado por especialistas de CIPPEC y Argentinos por la Educación, identifica al ausentismo estudiantil como el principal obstáculo percibido por los directores, superando incluso a la falta de recursos o los problemas de convivencia. Sin embargo, el tiempo efectivo de clase también se ve recortado por factores institucionales: paros docentes (con un promedio de 13 días en 2024), problemas de infraestructura y suspensiones por condiciones climáticas.
A nivel internacional, los datos de PISA 2022 ubican a la Argentina en un lugar crítico: es uno de los cuatro países con mayor percepción de ausentismo docente entre los 81 estados relevados. Casi el 50% de los directores argentinos considera que las inasistencias de los maestros limitan severamente el aprendizaje. El estudio advierte que no basta con extender el calendario escolar en los papeles; el verdadero desafío es garantizar que el tiempo en el aula sea de calidad y que las escuelas cuenten con las condiciones edilicias necesarias para no interrumpir el ciclo.
Para los especialistas, el tiempo es un factor determinante para el aprendizaje, especialmente para aquellos alumnos que no cuentan con apoyo educativo fuera de la institución. En un contexto de crisis presupuestaria como el actual, asegurar que «la escuela no se apague» implica, además de financiamiento, una estrategia integral para reducir el ausentismo y jerarquizar cada minuto de enseñanza en el salón.
